Igneo del verbo y la palabra, fuego,
donde se fragua el ser y se destruye,
ansia infalible, sin igual, que fluye,
se va en ebullición al estro ciego.
Magmática eclosión a flor de tierra,
cósmico acento, reluciente bruma,
verbal torrente en pie, dolor, en suma,
del asombrado mundo en que se encierra.
Esa formal aspiración, de que hablo,
a la suprema esencia de la vida,
con signos reflejándose a lo lejos.
Que exige, en el clamor de su vocablo,
la paz, en gozo eterno convertida,
para el triunfo final de los espejos.
Graciano Peraita
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