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Juan Ruiz de Torres
MARRODÁN: POETA ESENCIAL PARA LA LENGUA ESPAÑOLA

Hay varios miles de poetas vivos, con libros publicados; los calculo sobre diez mil. No tantos ya, con más de 3 poemarios, que es cuando –salvo excepciones gloriosas, como Bécquer- el poeta comienza a alcanzar su madurez. Este grupo lo estimo, ahora con bastante precisión, en unos tres mil quinientos. Pero estas tremendas cifras no quieren decir mucho: a la hora de examinar con lupa su valor literario, esto es, su aporte, su valor añadido a la poesía en español, podríamos fácilmente quedarnos en quinientos o seiscientos. De ellos, como el treinta por ciento, o sea, bastantes menos de doscientos, españoles.

Y además, Mario Angel Marrodán. ¿Qué quiero decir con esta afirmación? No solo que la obra publicada del poeta de Portugalete sea muy amplia, seguramente la más amplia entre todos esos cientos, o miles, sino que Marrodán ha conseguido, dentro de esa tremenda multitud de seguidores de Apolo, distinguirse por más de un motivo. Lo que lo hace esencial para comprender el fenómeno literario que es la poesía actual.

En primero y señero lugar, la diversidad, la variedad de sus registros poéticos: temas, formas, lenguajes. En Marrodán hay muchos poetas que cohabitan – no sé a ciencia cierta si lo hacen sin pelearse – y que, ora el profeta, ora el filósofo, ora el entusiasta vasco, ora el amante, alcanzan cimas singulares en su escritura poética. Personalmente, prefiero al Marrodán algo oscuro, algo enigmático, que nos sorprende con sus alucinadas visiones del mundo que nos toca compartir. Pero esa preferencia mía no tiene, desde luego, pretensión alguna de cátedra.

Hay además en Marrodán una característica distintiva y distinguida: su precisión verbal. Nunca se encontrará, en la mayor parte del poeta, un verso innecesario. Y eso que por lo general – no tanto últimamente – el estro marrodaniano es un estro-río, de amplias vestiduras y metro generoso. Y con todo, cada palabra de los versos de Marrodán ha sido elegida  por una razón; no hay apenas en él adjetivos, circunloquios inútiles. En el edificio de su poesía todos los elementos se soportan entre sí. Tanto, que uno que falte, mejor, un instante que la atención se distraiga, y el lector debe dar un salto sobre sí mismo, porque se da cuenta de que se ha perdido. No es posible distraer la atención cuando se lee un poema de Mario Angel: él reclama la indivisa presencia de la mente, no sólo de la vista y el oído a lo largo de todo su poema.

En fin – y desde luego no agotamos el tema -,  hay una característica de carácter insoslayable en la lírica marrodaniana: su imprevisibilidad. No me refiero a la variedad temática – que por cierto está presente en otros poetas extremadamente monótonos-. Marrodán nunca es cómodo para el lector. Casi siempre exige con fuerza, diríase con dureza, su colaboración intacta. Así es como debe ser. Nos aburren los poetas que transitan por campos floridos, que esconden menudos y predecibles acertijos en sus poemas. Ansiamos la coherencia, sí, pero dentro de un mundo personal y frondoso en el que quepan la duda, la pregunta, la desesperanza, el dolor irredento, el lamento, más, el aullido humano ante la gran trampa que a veces parece la vida.

Eso, y mucho más, es el poeta de Portugalete a quien sus paisanos, y muchos que también piensan como ellos, llaman “poeta universal”. Yo prefiero llamarlo “esencial”. Porque – en fin -, como ante el torero  sevillano, el lector sabe que siempre puede saltar la sorpresa en un poema, cuando él destape el tarro de sus esencias poéticas. Y el goce literario que acompañará a la lectura merecerá el adjetivo de inolvidable.  

Juan Ruiz de Torres
Poeta, crítico y prosista
Madrid, 2002